martes, 14 de abril de 2009

DONDE HABITA EL EGO


Todo su espacio se redujo a ese lugar en el que la luz entraba de manera directa por la ventana, acariciándole dulcemente la cara y elevándola, sin querer, hasta la azotea.
La estufa de leña, que se ubicaba frente al sofá, le calentaba el espíritu, protegiéndola de la escarcha de su cuerpo.
Su mundo había rebosado, inundado por la Diógenes de ego de su “amado”. Ella sólo había podido salvar este territorio, protegiéndolo con toda la fuerza que su pequeño cuerpo podía fabricar.
Había ido construyendo un muro de metacrilato alrededor, desde aquel día que cayó derrumbada en la pequeña butaca huyendo de una “euforianarcisista” que le perseguía por el pasillo.
No pudo más con aquello y decidió instalarse allí, donde la insignificancia de lo que la rodeaba, dejaba la justa distancia para el exceso de vanidad. La humildad era la única que tenía cabida, compañera inseparable desde que tuvo que esconder su ego para ubicar el ego doble (ahora triple) de su compañero de vida.
Desde ese día en que su alma, reconfortada por el sol, resurgió serena, ya no tuvo intención de volver al otro lado. Ese lado en el que desaparecía, no encontrándose ni en los espejos. Habitó, pues, allí, reposando al fuego de la estufa y el sol.
Allí suspiró tranquila hasta que un día vio como todo aquel calor brillante resquebrajaba el muro y arrasaba con todas las cosas que no eran suyas, convirtiéndola en el eje de todo su entorno.

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